Alá y lo políticamente correcto
es un artículo de Jabier Salutregi Mentxaka, Director de EGIN, publicado en el nº del 8 de agosto de 1999 de GARA, ejemplificando la alienación y la corrupción del periodismo español.
Jabier Salutregi Mentxaka Director de "Egin"
La hipocresía vence a la verdad cuando adopta grado de necesidad, cuando se convierte en instrumento de defensa y sirve para lograr unos fines supuestamente tan buenos, útiles y maravillosos que solamente son alcanzables mediante el asesinato de la sinceridad, la exacerbación de la adulación y el sostenimiento de una realidad tan virtual como falsa.
Murió Hassan II y los opinadores comenzaron a doblegar la verdad hasta resituar la idea necesaria me- diante sinuosos comentarios que con constancia y sin desmayo hacían transitar al oyente, lector o televidente del rosa al amarillo y del amarillo al negro del espanto.
No obstante, hubo opinador solitario que fijó y situó al personaje en su histórico y político lugar justo de manera irrefutable: Hassan, dijo definiendo, fue despiadado, tirano, usurpador, inmoral, déspota...
Fue como si languidecieran los micrófonos y se esfumara la altivez, el registro habitual con el que los charlistas profesionales quieren dar verosimilitud a sus asertos. El resto de opinadores, desde una inicial y leve aceptación de ese perfil diabólico comenzó a trazar imaginarios imponderables, a dibujar brillantes ángulos de la personalidad del monarca y, en poco menos de tres días los opinantes ya vendían la imagen de un rey que nunca existió para los marroquíes, de un personaje neutro, exento de crueldad y virtud, alguien incoloro e indoloro, casi cercano, casi conocido, casi demócrata, casi europeo, casi humano, casi bueno... Un rey que manejó a su pueblo, y esto lo repetían como la definición más dura posible, "con mano de hierro", que es como decir mucho sin decir casi nada.
El periodismo español está tan gravemente herido por la hipocresía del Estado que ya no distingue cuál es su verdadera función. Acostumbrado a derrochar insultos, falsas insinuaciones y a generar alarma social a la menor, con el fin de destruir a quien se le ordene, ha acabado tan amaestrado que, como los perritos de Paulov, ya no hace falta sugerirle la senda para que tome el camino.
Hassan el Cruel ha sido tan llorado por la prensa española que ésta se ha convertido en la plañidera oficial de la familia real española. Y ha sido llorado porque el "monarca alauita" era el "hermano" de Juan Carlos, era el dueño de todos los peces de Marruecos, porque no se enfadaba demasiado con Ceuta y Melilla y porque desde sus minaretes rezan todos los días para que Alá vele por la salud y conceda todo tipo de venturas a los EEUU de América.
Instalados en la hipócrita filosofía sacralizada por "lo políticamente correcto", frase nauseabunda y brutal que retrata el alma carbonizada de un sistema en el que la prostitución es la regla que rige todos los designios humanos, los periodistas españoles han dedicado sus últimos esfuerzos antes de las vacaciones de agosto, a camelar a la opinión pública y convertir a un tirano en un sultán tuerto donde ejercía de rey por la gracia divina y que por ello era jefe de las almas de su reino. Fue vergonzoso ver los ímprobos esfuerzos de las cadenas de televisión que enviaron a sus becarios a las rutas españolas a colocar el micrófono y vídeo al paso de los marroquíes que se dirigían de vacaciones a su patria. Les preguntaban en directo para que dieran su opinión sobre el monarca fallecido. Sus reacciones eran todo un poema sobre el miedo.
Y resulta cuando menos llamativo que a los medios de comunicación españoles los paralelismos cada vez les resultan más odiosos. En medio de la llorera por Hassan hubo alguno que en el transcurso de la tertulia de turno, llevado por su osadía y mala (buena) ubicación mencionó a Milosevic. Se soliviantaron las voces y fue como romper el inicio de una procesión consensuada hacia el acomodo de Hassan en los altares donde se encuentran los demócratas de toda la vida. Se provocó el desbarajuste. Los tertulianos, algunos, balbucearon y volvieron a la ardua tarea de ubicar al personal y poco faltó para que algún impaciente cortara por lo sano y recordara a Richard Nixon cuando dijo aquello de que "Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta" aplicado, en este caso, desde Madrid y para Madrid, al fallecido rey de Marruecos.
Poco importaron los datos y la rabiosa actualidad que retrataban la dura realidad con una nueva docena larga de marroquíes muertos en las rocas de Fuerteventura con los jirones de sus sueños flotando junto a sus cuerpos inertes e hinchados. Menos todavía los funerales de otra docena larga de serbios linchados. Milosevic es el malo que por su causa ha provocado el éxodo de cientos de refugiados perseguidos por la guerra. Hassan es el buen rey que reinó con mano de hierro y que permitió el éxodo no de cientos, sino de miles de sus súbditos perseguidos por el hambre y la represión.
Los medios de comunicación españoles han vuelto a demostrar que están en línea con los designios del Estado. Han sabido comportarse como cabría esperar de su responsabilidad.
Los saharauis, mientras tanto, siguen ahí, lejos de Alá y sin que sus profetas decidan aceptarles como políticamente correctos. Son testimonio vivo de la desvergüenza de quienes hoy lloran por Hassan porque llamaba "hermano" a Juan Carlos, porque poseía todos los peces de Marruecos, porque no se enfadaba demasiado con Ceuta y Melilla y porque desde sus minaretes rezan por la salud de los EEUU de América.
Posdata: Acabo de enterarme de la noticia por la que Garzón levantaba el cierre de "Egin". Muchas incógnitas se abren. Ahora ¿qué pasa?